Tengo una amiga que te gustará, Columna Nancy Johnson

El arte de conocer gente: Las auténticas redes sociales

«Tengo una amiga que te gustará«. Esta es una frase que últimamente oigo con demasiada frecuencia siempre que termino quedando con algún grupo de lesbianas nuevo y se enteran de que estoy soltera.

Siempre que me pasa esto, me imagino sentada en una mesa de jurado estilo “X Factor” eligiendo candidatas entre las amigas de mis amigas para salir a tomar un café. “A ver tú, ¿de quién eres amiga?, ¿Cuántos años tienes?, ¿Dónde te ves dentro de 3 años?

Supongo que esto va según los caracteres, y puede que esté muy determinado por la falta de costumbre, pero quedarte soltera es, al principio, todo un ejercicio la leche de complicado de habilidades sociales. Resulta que un mundo que hasta hace poco estaba habitado única y exclusivamente por dos personas, ahora se ha trasformado en una especie de “gincana de la socialización”.

Vuelves a salir de fiesta casi a diario, vas al teatro, al cine, recuperas la cuenta de Facebook que tenías medio olvidada, asistes a las asambleas de tu barrio… En definitiva, te vuelves una especie de guía del ocio con piernas, nariz y boca. Al estar en esta espiral de nueva gente y buen rollo, te dejas seducir por los consejos de tus nuevas amigas.

Tu agenda del móvil empieza a crecer exponencialmente en relación con la cantidad de veces que hayas quedado con amigas diferentes esa semana. Cada una de las nuevas entradas al teléfono tiene nombre diferente, pero todas un denominador común dentro de tu tarjeta SIM: se trata de la calificación “amiga de”. Cristina “amiga de X”, Laura “amiga de Y”, Cecilia “amiga de Z”

Sin comerlo ni beberlo, tienes en tu poder una especie de harén telefónico digno de provocar la envidia del mismísimo Casanova. Ya tienes los teléfonos, ahora hay que pasar a la acción.

Hay una cosa que es clave en todo esto, y es que a pesar de que tus amigas te han hablado maravillas de la chica en cuestión, “es muy guapa, muy simpática, bla bla bla,…”, tú no te fías nada de nada, y empiezas a organizar una quedada grupal, en la que a modo de cita encubierto, poder poner a prueba las habilidades descritas por tus amigas.

Se trata de un plan perfecto, porque en caso de no haber feeling, ambas podéis escurrir el bulto y salir por patas sin que la cosa termine de ser del todo violenta. Además, y en paralelo a la organización del evento, te encargas personalmente de medir el grado de simpatía e interés de la muchacha, intercambiando con ella mensajes de texto (este paso es fundamental).

El momento del encuentro es de lo más cómico. Llegas a una mesa llena de gente que sabe que están asistiendo al primer encuentro de dos personas que están destinadas a gustarse esa noche. Saludas a todas mientras te vas acercando a la chica en cuestión. Al llegar a este punto, tú ya sabes perfectamente si la chica te ha gustado o no, y esto, condiciona el saludo.

Si te gusta, sonrisita de complicidad y un “hola guapa” bien claro; si no te gusta le sueltas un “hola, encantada” y te vas directa a la barra a por un vodka naranja que te ayude a rebajar el mal trago.

A partir de aquí todo queda en manos de tu elocuencia, el alcohol y lo habilidosas que estén tus amigas en encontrar un momento para dejaros solas.

¿Cómo suelen acabar este tipo de veladas? Pues creo que todas lo sabemos.

Muy poco te ha tenido que gustar esa chica para que la cosa no termine en la cama, tonteo o piquito de buenas noches. Después de todo el esfuerzo que ha supuesto esta quedada, y lo complicado que es entablar conversación en las discotecas a esas horas de la mañana, o nos ocurre algo inesperado y realmente revelador, o la conclusión a la que llegamos, para mi acertadamente, siempre es la misma: “más vale pájaro en mano que ciento volando”, ¿no creéis?

 

Por Nancy Johnson

Texto publicado en MagLes número 3, Diciembre 2012

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