Se acerca el final, o el principio…

Pregnant woman holding her belly and balloons on a sunset.
El parto, que a muchas nos pilla desprevenidas. Resulta que, cuando yo estaba emocionada porque podría hacer un par de clases preparto, recibí un aviso. Aún no había cumplido las 36 semanas, así que a los nervios se les sumó el miedo. Además, fue un viernes, me tocaba esperar hasta el lunes para poder consultar con el doctor. ¿Qué hice yo? Pedir opinión. ¡Mal! Si es que no aprendo… Cada cual te dice lo que le parece: ¡uys! Estás a punto; ¡vah! Puede tardar semanas… Total, que pasé el fin de semana nerviosa, asustada y ¡loca!

No tenía contracciones, pero para cuando acabó el domingo, de tapón no me debía quedar nada. Así que a primera hora del lunes llamé a la consulta. La chica superdulce, superamable tampoco no me aclaró mucho: puede ser cuestión de horas, de días o de semanas. Me quedé en silencio, esperando que me diera alguna otra explicación, porque me había quedado igual que estaba. Debió oler mi miedo a través del teléfono, porque me dijo que fuera a la consulta. Me pusieron las correas. Mira que el nombre es feo… parece que te van a atar a la cama con una camisa de fuerza. Pero son dos cintas que controlan si hay contracciones, mientras puedes escuchar el latido del bebé. Cuando os digan: “cuando se mueva, toca el botón.” ¡Hacedlo! ¡Es muy importante! Nah… mentira… me confesaron que solo sirve para mantenernos entretenidas. Pero yo me entretenía mandándole fotos a mi mujer, estaba trabajando y no llevaba bien esto de que estuviera sola, así que podemos hacer un book, con fotos de las correas, la máquina, la camilla…

Mientras estaba entretenida con mis cosas, aparece un doctor, no era el mío, aunque lo conocía, y no me gustaba nada… Me puse como una niña pequeña: ¡quiero a mi doctor!, aunque no lo exterioricé, claro. Después de comprobar que ya tenía contracciones, y yo sin enterarme, me hizo un tacto, con muy poco tacto… y encima me dice: “menos mal que no vas a tener que parir”…a ver qué haría él si alguien le cogiera por sus partes sin avisar y apretara… En mi mente le pegué un puñetazo en la boca, en la realidad le sonreí.

Me dijo que estando de 36 semanas (las cumplía ese mismo día) si me ponía de parto no me lo pararían, aunque era muy pronto. Que me controlase las contracciones. Le dije que sí, aunque la verdad era que yo no notaba las contracciones. Pero pensé que seguro que si me ponía de parto, las notaría.

Mi mujer aún no tenía su bolsa preparada, y reconozcámoslo, su bolsa iba a llevar bastante tiempo. Así que cuando llegó, le dije que Indiana había estado muy rara conmigo, quería presionar un poco, pero la verdad es que lo había estado. Diré que no creía mucho en lo de que los animales notan los cambios antes, pero ese día mi perra me demostró que me equivocaba.

Tanta razón tenía Indiana, que sobre las doce de la noche, me despertó un dolor fuerte, y noté que rompía aguas. Pues sí que iba a notar las contracciones… ¡y mi mujer sin la bolsa preparada!

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