Relato lésbico: Despierta sola

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Despierta sola, como tantas veces desde que ella se ha ido. Se levanta y como partícipe de un ritual que se repite cada mañana, se mete en la ducha, se viste rápido y se prepara un café muy cargado. Hoy no habrá nada destacable en su biografía. Lo sabe; son muchos días ya repitiendo las mismas acciones y esperando algo que no llega.

Relato Lésbico

Despierta sola

Texto: Silvia B. Dingo

Despierta sola, como tantas veces desde que ella se ha ido. Se levanta y como partícipe de un ritual que se repite cada mañana, se mete en la ducha, se viste rápido y se prepara un café muy cargado. Hoy no habrá nada destacable en su biografía. Lo sabe; son muchos días ya repitiendo las mismas acciones y esperando algo que no llega.

Se sienta en el sofá y coloca el portátil sobre sus piernas flexionadas; echará un vistazo a las noticias y luego decidirá qué hacer con las horas que le quedan por delante. Últimamente no se lleva bien con los días festivos. No acaba de encontrarles la fiesta por ninguna parte.

Mientras su ordenador va despertando a la vida, a su ritmo y sin estrés, mira paciente por la ventana y comprueba que el cielo está algo nublado; le extraña, el servicio meteorológico no anunciaba lluvias para hoy. Se centra ahora en la pantalla. En primer lugar consulta su correo. ¡Qué locura de emails! ¿Tendrá tiempo material para asimilar tanta información?, piensa sonriendo irónicamente. Nada interesante. Ahora pasa a las noticias. Las repasa por encima haciendo una lectura rápida de los titulares. Por la ventana se cuela el sonido de alguna canción que no logra reconocer. Cree que proviene de los nuevos vecinos.

No los ha visto pero alguien ocupa desde hace una semana el piso de arriba; ha oído sus pasos. De entre todas las noticias, le llama la atención una en la que se puede ver la imagen de dos mellizos acabados de nacer que se cogen con fuerza de la mano.

No te preocupes, parece decirle el uno al otro, aquí estoy yo para lo que necesites, nadie te va a hacer daño. Y piensa en ella y en su ex, y en tantas veces en las que habían creído que nada podría separar sus cuerpos entrelazados.

La expulsa de sus pensamientos el volumen excesivo de la música de los vecinos. No necesita poner especial atención para escuchar la voz de alguien que grita superponiéndose a la cantante «… ¡Quiero perderte de vista y dejarte fuera de aquí!». Uau, piensa, puede que haya gente que esté peor que yo…

Ahora sí reconoce la canción es: Fuera de aquí de Ondina. Solían cantarla en el coche a grito pelado cuando su exnovia y ella se escapaban de la ciudad. No sabía entonces que sería un augurio de lo que más tarde llegaría. Igual si la hubiera cantado más bajito…, se dice. Mira a través de la ventana. Han desaparecido las nubes. Perfecto. Cogerá la bici y se irá hacia la playa. No ha quedado con nadie, así que podrá ir a su ritmo y acabar tirándose en la arena para leer, escuchar música o no hacer nada, sólo sentir el sol, dejar que la acaricie.

Apaga el ordenador, se pone unas bambas cómodas, coge una botella de agua fría, comprueba que las ruedas están hinchadas y se dispone a abrir la puerta, cuando de repente la sobresalta el timbre agudo de una sirena. No sabe de dónde proviene.

Abre la puerta y los golpes frenéticos que alguien está dando en el ascensor, la sacan de dudas. No es en su planta, pero los golpes suenan cercanos.

Decide subir a la segunda y se encuentra cara a cara con la respuesta. Por el hueco de cristal de la puerta del ascensor se asoma una chica pidiendo ayuda. Trata de calmarla y corre a avisar al presidente de la escalera, que resuelve el asunto en pocos minutos.

Cuando por fin sale del ascensor, la chica se presenta como la nueva inquilina. Se ríe un tanto avergonzada por el pequeño espectáculo ofrecido y se excusa diciendo que cree que es claustrofóbica. El presidente sonríe, le da la bienvenida al edificio y se despide amable. Las dos chicas se quedan solas una frente a la otra sin saber muy bien qué decir. Creo que te gusta Ondina, acierta a decir la primera. La inquilina del segundo se sonroja por segundos mientras asiente y en un intento por desviar la atención del color de su cara, le ofrece un café como agradecimiento por evitarle un ataque de pánico. La inquilina del primero acepta divertida. Creo que hoy no cogeré la bici, piensa mientras la nueva vecina abre la puerta de su casa.

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