POSESIVO

Posesivo, exclusivo, masculino: “Mi mujer”. ¿Cuántas veces has escuchado esta frase? Mi “lo que sea”.

Hace poco, en una tienda, escuché a un hombretón fornido y grande, –considerablemente más alto que yo– rezongar detrás de mí algo referente a “su” mujer. –Básicamente que se estaba acostando con otro–. No me interesan lo más mínimo los asuntos de cama del resto del planeta. Lo que captó mi atención, y provocó que ahora esté escribiendo estas líneas, fue el modo en el que pronunció las palabras “mi” y “mujer”. No había duda. Aquella hembra “díscola” era de “su propiedad”. Sic…

Esta es sin duda una expresión arcaica, propia de una mente anclada en antiguos patrones sociales que, sin embargo, un considerable número de personas –entre las que se encuentran muchas mujeres– todavía utiliza. “Mi”; “mi mujer”, “mi amiga”, “mi hijo”. A pesar de toda la carga emocional que hay en ellas, –y también precisamente por ello– estas expresiones nos alejan del amor y nos aproximan al ego –a esa parte de nuestro ego que teme– en sus distintas variantes: apego, sentido de la posesión, necesidad. Nos definen, en fin, acercándonos al miedo. Miedo por la pérdida, por el abandono, por la carencia.

Como digo, la frase pronunciada por este “caballero” espoleó mis neuronas, hasta el punto de hacerme reflexionar sobre esa necesidad que tenemos de apropiarnos, a través del lenguaje, de todo y de todos. ¿Por qué? ¿Por qué no permitirnos vivir desde lo femenino –a fin de cuenta somos mujeres. Y no unas mujeres cualquiera. Somos “tan mujeres”, que nos enamoramos de mujeres–, entonces… ¿por qué no comportarnos como tales?

Lo femenino es aperturista, acogedor, afable, suave –lo cual no es óbice para que podamos mostrar nuestra fuerza, fiereza y potencia cuando lo consideremos oportuno– receptivo pero con una receptividad activa, en absoluto pasiva. Lo femenino es dador, permite que la vida se de. ¿Por qué no permitir que la vida de quien amas se de por completo dejándole su espacio, su tiempo? ¿Por qué no permitirle ser quien es, amándola con todo, con lo que te gusta de ella y con lo que te gusta menos, con su coherencia y con sus incoherencias, con su belleza, su brillo, su poder y también con esa fealdad que te muestra a veces cuando se enfada, con esa oscuridad que aparece cuando algo la destroza, con la vulnerabilidad que surge de la incertidumbre, de la inseguridad o del miedo?

Deja que sea como es, exactamente como es. No es tuya. No tiene que ser como tú quieres que sea. Y permítete ser, tú también, exactamente como eres.

Somos mujeres. No somos hombres. ¿Por qué aceptar el lenguaje y la forma en la expresión que tan bien han sabido inculcarnos desde tan antiguo? Desde el famoso “derecho de pernada” hasta la actualidad, en algunos aspectos, parece que no haya pasado el tiempo. Y uno de esos aspectos es el lenguaje. No nos damos cuenta… Pero utilizamos un lenguaje masculino, en muchas ocasiones sobreprotector, reduccionista, limitador y limitante. –Y no es que tenga nada en contra de lo masculino. Lo que ocurre es que no me gusta el uso y menos, el abuso de según qué palabras o términos–. Escojamos bien nuestras palabras. Porque nuestros pensamientos y su proyección en la realidad, reflejan quienes somos. ¿Seguimos estando a lo que ellos digan? ¿Siguen dirigiendo nuestras vidas?

Yo digo que no. Digo que tenemos que hacernos conscientes de lo que pensamos, de lo que sentimos, de lo que hablamos. Estoy hablando de PNL[1], de que se ha de estar muy atenta a lo que se habla y de cómo se habla. Estoy segura de que la mujer, o la chica por la que suspiras, la que llena tus noches –y tus días – la que hace que tiembles cada vez que se cruzan vuestras miradas, la que te eleva al cielo y te permite morir en cada orgasmo tiene nombre. Un nombre precioso. Un nombre propio. Llámala por su nombre: Andrea, Ariadna, Paola, María, Lupe… ¡Qué se yo! Lo importante es que digas su nombre. Que pronuncies su nombre. El nombre de cada una nos identifica con lo más profundo que hay en nosotras, nos conecta con nuestra esencia. Escucharlo nos hace sentir que somos únicas e importantes, valiosas, que estamos vivas y que importamos mucho a alguien. Déjate de “cielo”, “cariño”, “nena”, “guapa”,… –Que también–. Y sobre todo, deja de definirla y encasillarla y encorsetarla y limitarla diciendo que es “tu mujer”, “tú novia”, “tú chica”… Porque, en realidad, ella sólo –y sobre todo– es ELLA. Con sus luces y sus sombras –como tú–. Pero lo importante, según lo comprendo, es que ella, es la mujer que te vuelve loca, que admiras, que respetas, que amas, que deseas, con la que quieres estar –al menos a día de hoy– hasta el final.

Eres una mujer. Porque eres muy mujer, por eso, te enamoras de mujeres. Sé de una vez por todas una mujer. Ama por amor. No lo etiquetes. No lo delimites. No lo encasilles. No lo enturbies. Respétalo. Ámalo.

PNL: “Es un modelo acerca de cómo trabaja nuestra mente, cómo esto, afecta el lenguaje y como usar este conocimiento para programarnos a nosotros mismos en el sentido de lograr que nuestra vida y las cosas que hacemos nos resulten fáciles y al mismo tiempo eficientes y en coherencia con quienes somos”. Fuente: www.pnliafi.com.ar

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