Lesfobia o la enfermedad de una sociedad domesticada

Texto: Conchi Unanue Cuesta | Diplomada en Trabajo Social, Licenciada y Doctora en Antropología, Master en Antropología de Iberoamérica, Grado en Sociología

Dentro de los tipicados en el Código Penal como “delitos de odio”, (aquellos que se manifiestan como abusos sexuales, agresiones y otros tipos de actos violentos basados en prejuicios), en España encabezan la lista los delitos por homofobia.

Los “delitos de odio” no solo tienen efectos inmediatos y a largo plazo sobre las víctimas directas, también impactan en sus amigos/as, en su familia, en colectivos LGTB+ y en personas LGTB+, además de influir en la sociedad, que ve cómo se degrada la convivencia social y el posible riesgo de defender la diversidad.

Pero, ¿son estas agresiones y el rechazo algo reciente? 
En Esparta si un/a recién nacido/a tenía alguna deformidad o diferencia, era arrojado/a por los acantilados para que no pusiese en riesgo al pueblo entero. Posteriormente en Europa, las personas que sufrían enfermedades mentales, eran mostradas al público en los hospitales denominados “lunáticos”, allí la diversión consistía en pagar una entrada para reírse.

Tras la colonización del continente americano, personas de diferentes etnias fueron traídas a Europa y mostradas en los zoos. Hasta no hace demasiado tiempo los circos mostraban: mujeres barbudas, personas con malformaciones, personas extraordinariamente altas, bajas, etc….
Y podríamos continuar con este repaso hasta nuestros días, con la total seguridad de que cada tiempo y sociedad han tenido sus “monstruos”. Unos monstruos señalados como los diferentes, los anormales, los peligrosos, lo indeseable, lo penalizable, lo perseguible y aquello que pone en peligro el orden social.

Un orden social que solamente beneficia a quienes ejercen el poder, que también son quienes deciden lo que es bueno/malo, deseable/ indeseable, premiado/castigado.

Y todo ello en base a su propio beneficio y a su permanencia en el grupo de poder.

Ciertas medidas del actual Gobierno son claramente una imposición de valores e ideología al resto de la sociedad, lo que supone un claro ataque a las libertades y a la diversidad, como ejemplo la exclusión de las mujeres solas y las mujeres lesbianas de la reproducción asistida pública.

Dentro del ámbito educativo, con 
la desaparición de Educación para la ciudadanía, se terminó casi con el único contacto que el alumnado tenía con la diversidad afectivo- sexual. Situación de extrema gravedad si tenemos en cuenta que la escuela es un espacio fundamental de socialización y adquisición de valores, por lo que resulta de vital importancia introducir programas educativos respetuosos con la diversidad y críticos con la homofobia, y que los docentes se comprometan en esta misma crítica.

La ciudadanía ha tenido que presionar para que un programa en la televisión pública sea inclusivo y permita participar a familias monoparentales/monomarentales y aquellas que se escapan de lo heteronormativo. (“¿Quién manda aquí?”).

Dentro de los insultos cotidianos siguen utilizándose términos como: mariconazo, bujarra, tortillera, bollera, nenaza, marimacho…; algo que puede parecer casi inofensivo, pero que está repleto de importancia, puesto que un lenguaje cargado de expresiones y términos homófobos, legitiman el odio, el rechazo y la agresión. Podría decirse que la riqueza del castellano es casi tan infinita en estos términos, como lo es nuestra tradición homofóbica.

Se debe desenmascarar el lenguaje y la violencia que encierra.
Todavía existe cierta presión y chantaje con el hecho de airear públicamente la vida personal de otras personas y mostrarla en medios de comunicación, si se disfraza este “outing” con listas de lesbianas con más poder, con más dinero, más atractivas, etc.

Si en 2016 siguen sucediendo estas y otras cosas, entre otros factores por el incremento de grupos con ideología de extrema derecha, la falta de visibilidad y normalización de la realidad LGTB+ en todos los ámbitos, la excesiva influencia que la Conferencia Episcopal tiene sobre la vida política, la intencionalizada ridiculización de personas LGTB+ en medios de comunicación, etc. 
Además de lo citado, también es porque el grupo LGTB+ es uno de los “nuevos monstruos” señalados por quienes tienen el poder y lo ejercen, el monstruo que representa el peligro social, uno de los colectivos a perseguir y con ello desviar la atención de quienes realmente son el peligrosos/as y la ruina moral de la ciudadanía.

No debemos caer en el inocente pensamiento de que la población más joven se libra de estas conductas lesfóbicas, algunos datos obtenidos del Informe presentado en 2013 realizado por el CIS sobre las opiniones y actitudes que tiene la juventud española ante adolescentes y jóvenes LGTB, nos muestran una realidad alarmante. Este informe señala que el 86,4% piensan que debería poderse hablar con naturalidad sobre la diversidad sexual, sin embargo el informe refleja que en el entorno juvenil persisten rasgos muy evidentes de fobia LGTB y discriminación en diferentes formas desde la hostilidad estructural a la violencia física.

Un orden social que solamente beneficia a quienes 
ejercen el poder, que también son quienes deciden lo que
es bueno o malo, deseable o indeseable, premiado o castigado.

A ello habría que añadir que los ataques físicos a mujeres lesbianas en lugares públicos suelen ser perpetrados por grupos de jóvenes, mientras que las agresiones verbales, el acoso, la ridiculización, las risas y comentarios se dan en grupos de cualquier edad, pero el denominador común es grupos.

En muy pocas ocasiones, por no decir en ninguna, las agresio
nes son realizadas por personas aisladas, es dentro de un grupo donde perdemos el sentido común y dejamos aflorar nuestro verdadero escombro particular, para arrojarlo sobre quienes nos han sido señaladas como personas diferentes. 
O tal vez puede ser que la valentía de ser diferentes y mostrarse como se es realmente, es una actividad que debe pagar peaje, por el peligro que conlleva que el resto de la sociedad vea a personas libres, valientes que viven sus vidas sin miedo y que son felices. Y al ver esto… también quieran practicar la libertad y la felicidad.

Si el ejemplo cunde, puede que con el tiempo más y más personas den el paso de ser valientes y libres, lo que supone un terrible peligro para los pilares de quienes nos controlan a través del miedo a ser diferentes y a ser señalados/as como tales.

Ojalá en 2017 la valentía, libertad y felicidad, no deban dar explicaciones, ni pagar peaje en forma de ataques y agresiones, ojalá demos el paso de ser quienes somos y logremos tal nivel de paz, que nada nos lleve a agredir a otro ser humano por querer ser quien es.

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