Cuando abrazas a la persona que te gusta

abrazo

Creo que no hay palabra que pueda describir tal sensación. Cómo se te cierran los ojos solos, sientes que aunque estés rodeada de gente, estás tú sola con ella (en este caso), y una presión de fuerza desconocida, se hace dueña de tus brazos. Quieres que no se acabe nunca, cuando unas horas antes no os habéis podido quitar las miradas mutuas de encima, sin decir palabra.

No os voy a negar que un beso no esté mal tampoco, pero cuando ese beso es inalcanzable y lo máximo es un abrazo, os aseguro que es oro que tocas en ese momento y tengo que decir, que se te quitan los miedos de una.

No sé si os habrá pasado igual que a mí o no, pero hay abrazos que renacen. Que te llenan tanto de vida que acojonan. Sientes que no hay nada mejor que eso, y eres jodidamente feliz por unos instantes. Por supuesto hay abrazos de amigos que son preciosos, y de padres o familia, pero cuando añoras a esa persona especial, cuando llevas tiempo sin verla ni escasamente hablar con ella, y de repente os fundís en un abrazo así… es demasiado bonito, os lo prometo.

Hace un tiempo me pasó a mí, fue real aunque me costara creerlo. Escribí un texto el cual resume y expresa a la perfección el tal nombrado abrazo.

Tu abrazo

Un pelo suyo enganchado a mi cazadora de 18,99€ con  solo darle el abrazo que hace tiempo que añoraba y que pensaba que jamás volvería a darle.

Mi cuerpo contra el suyo no dejando pasar ni un respiro de aire.

Ejerciendo mis brazos presión de añoranza sobre una espalda que me daba el valor de seguir abrazándola. Sus brazos, con fuerza también, lo noté y mis músculos lo notaron.  

Mi cara apoyada sobre ese hombro que hace tiempo que no tocaba. Y de repente, un beso.

Una sucesión de minúsculos besos dados en la mejilla, diciendo tantas cosas que a la contestación seguí con el ritual.

No podría explicar la sensación que tuve en ese momento, por que son instantes de esos que tienes que disfrutar mientras los vives y luego, luego son jodidadmente bonitos cuando los piensas.

Al despegarnos la una de la otra, no hizo falta decir nada, porque en aquel abrazo, nos habíamos hartado de hablar.

Sara Ibarzo

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