Shibari, mil y una formas de anudar a tu chica

Se llama shibari y es una práctica erótica que nos llega del Japón. El instrumento que se utiliza para desatar el placer son cuerdas especiales, escogidas con mimo y sabiduría, y las participantes en la experiencia son, en este caso, dos mujeres. Es una práctica que no tiene nada que ver con el dolor o el sometimiento, a no ser que tú y tu chica lo queráis así.

Cuerdas y mujeres son una pareja redonda

Antes de conocer el shibari, creía que juntar cuerdas y mujeres no era una buena idea. Me venían a la mente las brujas, atadas a un poste, y con una pila de leña seca a sus pies. O las mujeres apresadas en las muchas batallas de la historia, casi empaquetadas con cuerda para inmovilizarlas y anular su voluntad y su capacidad de defenderse. Lo que yo no sabía, mientras cavilaba estas historias de camino a mi sesión de shibari, es que mi percepción de las cuerdas y de lo que puede hacerse con ellas cambiaría en unas horas, después de haber pasado por las manos de Mystic Shell. Mejor dicho, después de pasar por las cuerdas de Mystic Shell y de conocer su maestría usándolas.

Anudar a tu chica para desatar el placer

Mystic Shell es el sobrenombre de la mujer atadora que hoy me va a enseñar lo que es el shibari. Dice Josep Lapidario, experto en shibari en cuyo estudio discurrirá la sesión, que las cuerdas son “extensiones de los dedos del amante”. Es una idea difícil de entender hasta que no experimentas las posibilidades de las ataduras. Claro que las manos, los dedos, pueden usarse de muchos modos para provocar placer en el cuerpo de nuestra partenaire. Pero dedos y cuerdas juntos amplifican el disfrute: son parte de una especie de caja de herramientas para administrar placer a distintas dosis y en distintos envases.

Qué se hace con las cuerdas

Las cuerdas te permiten acariciar, rozar y presionar distintas partes del cuerpo de la persona atada. Te permiten golpear el suelo con ellas para avisar de tu presencia a tu pareja, que puede tener los ojos vendados. Con ellas se puede inmovilizar a una chica, que queda a la merced de quien la ata. La atadora puede ser la maestra que dirija las prácticas que se hayan decidido de antemano, una vez finalizada la sesión. Así que aquí no hay nada que temer: sólo el acuerdo entre dos mujeres que han pactado qué ocurrirá cuando las cuerdas las pongan a cada una en su sitio. Pero vamos por partes

Cómo empieza la sesión

El clima es importante. Estoy en el estudio de Josep, donde junto con Mystic Shell imparte cursos y realiza sesiones a las interesadas en el shibari. La decoración es de estilo japonés y suena una música peculiar, que soy incapaz de identificar pero que relaja y provoca la sensación de estar soñando. Mentiría si dijera que la adrenalina no me circula por las venas. Sé que estoy en buenas manos, pero aun así, la expectativa de lo desconocido despierta esa inquietud. No sé imaginarme qué me provocarán las cuerdas, si pediré a gritos que me desaten, presa de la claustrofobia y el nerviosismo, o si descubriré la práctica erótica definitiva.

Permiso para experimentar en los límites de un tatami

Ya con el ambiente adecuado, me invitan a subir a un tatami, esa especie de tarima acolchada cubierta con fibra vegetal que los japoneses usan para dormir. Yo decido mantenerme vestida, pero cada pareja es libre de usar la desnudez, la lencería o cualquier otra indumentaria. No hay reglas y las cuerdas así lo permiten. Una vez en el tatami, es cuando Mystic, una mujer dulce y menuda, se acerca a mí lista para empezar la sesión, cuerda en mano. Entonces su presencia gana poder y su cuerpo parece aumentar de tamaño. Sabe lo que tiene que hacer, se mueve con seguridad y eso la hace parecer poderosa y hace aumentar su envergadura. Ahí, en esa especie de cuadrilátero, con Mystic y yo descalzas y en silencio, se sucederá toda la sesión.

Quién puede montarse una sesión

No hay nada de brusco en el inicio de la sesión ni lo habrá durante todo su transcurso. Me cuentan que esto va a gusto de cada pareja. Es verdad, a algunas mujeres les pone el dolor, o que las dominen. Pero ni dolor ni dominación van necesariamente unidos al shibari. Y por cierto, olvidaba decir que tampoco las parejas van necesariamente unidas al shibari. Porque puede ser un trío, una pareja ocasional o una multitud la que participe en la sesión, porque aquí no hay normas y mientras uno ata a otro, se puede invitar a mirar o a participar a otros, por qué no.

Qué hay de dominación en todo esto

Lo interesante de esta experiencia tiene que ver con la comunicación entre las dos personas que participan. No se trata de que la mujer atada se entregue sin más y se someta a ciegas a la voluntad de la atadora. Mejor dicho, puede ocurrir así, pero siempre será intencionado, y será parte del juego. Esta es una interacción en la que una de las participantes administra placer y disfruta haciéndolo, y para eso ha de estar muy pendiente de la mujer a la que está atando, lo que por cierto puede resultar muy placente
ro para la mujer atada. Cuando la atadora ensaya una atadura sobre el cuerpo de la otra, está pendiente de sus reacciones, de sus gestos, de su respiración, de sus cambios de posición, de sus expresiones faciales, de la profundidad de las marcas que puedan quedar sobre la piel, de sus gemidos o incluso de sus palabras. Porque en ningún sitio está escrito que no se pueda hablar. Aunque para mí el encanto de una sesión de shibari es que simula un baile a dos en el que hay una comunicación intensa entre las dos participantes. Ahí está su mayor atractivo y su potencia erótica.

Qué se siente al ser atada

Lo sorprendente es que cada parte del cuerpo responde con distintas sensaciones a distintas ataduras, y que en cada postura te llegan diferentes percepciones. No es lo mismo estar de pie, colgada, sentada o de rodillas. Tal vez parece una comparación absurda, pero algunas de las sensaciones al ser atada me hicieron pensar en ese juego de atarse la punta del dedo con una goma, algo que hacíamos de pequeñas en el colegio para sentir esa mezcla de placer y presión. Antes de iniciar la sesión, ya lo habíamos hablado así y así me lo recomendaron: habíamos convenido que sería un juego suave y libre de dolor. Así que lo más fuerte que experimenté fue la presión de las cuerdas envolviendo, como un arnés, las caderas. Una sensación, por otro lado, erótica y llena de posibilidades.

Y cómo acaba la sesión

Pues acaba, como me explican, como uno quiera que acabe. Hay quien deja a su amante colgando, suspendida, y se dedica a jugar con ella. O quien prefiere las ataduras artísticas y se dedica a tomar una buena sesión de fotografias de su arte sobre el cuerpo de la chica atada. Aquí la imaginación pone los límites. En nuestro caso, la sesión acaba después de un generoso muestrario de prácticas por parte de Mystic. Me doy cuenta de que ha puesto un montón de energía en la sesión y la intensidad de la experiencia va indicando que es hora de acabar. Al finalizar nos abrazamos, y la verdad es que me siento feliz y agradecida por la experiencia, como si me hubieran dado el mejor masaje de mi vida. La mujer atadora necesita un montón de energía, de carácter y poder. Algún día tal vez lo pruebe, aunque de momento creo que mi lugar está en el otro lado.

Las cuerdas no son inofensivas

Antes de empezar a jugar con cuerdas, hay que tomar una serie de precauciones y aprender a usarlas para evitar el riesgo de hacernos daño, que existir, existe. La experiencia es, aún más en este caso, un grado, y quien mejor puede enseñarnos a usarlas es quien lleva tiempo practicando esta disciplina, como es el caso de Mystic y de Josep. Es además interesante y una delicia escuchar a Josep contar el origen del shibari, y explicar todos los matices de esta práctica desconocida que de entrada, puede provocar rechazo. Por eso, si te decides a probarlo, te recomiendo mucho que te ate o te enseñe a atar alguien con experiencia probada y con la sensibilidad suficiente para saber interpretar lo que tu chica y tu queréis y lo que os gusta. El resto es pura delicia.

Shibari por Mystic Shell (Barcelona):
T. 653.758.150

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