Ser lesbiana en un pueblo

ser lesbiana en un pueblo

Rara vez hablo desde la experiencia personal. Hoy lo haré en parte. Me crié en un pueblo de mil doscientos habitantes donde fui la primera lesbiana reconocida a sí misma como tal. Hasta la fecha, hemos sido tres en total. No supuso un trauma, pero con toda la seguridad del mundo puedo decir, que fue gracias a mi familia.

Tan solo imagina por un segundo – o no imagines si lo estás viviendo ya- descubrir tu sexualidad sin referentes. Mil doscientos habitantes heterosexuales (o que lo parecen) y una sola persona que se sale del redil: tú.

Claro, a la fuerza ahoga. De toda la vida quien destaca es el raro, no el innovador. Quién te va a poner la medalla de vanguardista a los 12 años. Dos iglesias católicas, la edad media en el pueblo de 50 años; y no es que se hablase mal de la homosexualidad, es que no existía. Los medios de comunicación fueron entonces, y supongo que lo siguen siendo, quien nutren a la sociedad. Cuando no tienes referentes, está claro que eres el porcentaje fallido de una muestra estadística infinita. Ahí es donde está el error, que no es infinita, que se reduce a mil y pico personas en medio de una montaña. La primera vez que me metí en Google fue a los 14 años. Bendito sea internet.

Al final descubres que ahí fuera hay un mundo tan diverso que son innumerables las etiquetas que se pueden asignar. Lo simplista del pueblo se queda obsoleto, incluso puedes llegar a recordarlo con cierta lástima. ¿Cómo pueden estar perdiéndose un mundo tan rico? ¿De qué se protegen?

Después de 9 años he vuelto, comprendiendo que yo había cambiado y que el pueblo, a su ritmo, también. Al fin y al cabo, aquellos que queramos huir del nido para volver y contarlo somos los que tal vez revolucionemos la rama entera.

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